Un ataúd, un salto, un nuevo camno

Por: Miguel Amor

 

Emociones

 

El día acaba de empezar, y aunque ni siquiera ha salido el sol, la claridad ya ha hecho acto de presencia. Una presencia tranquila, acompasada y de avance imparable. Transformando cada sombra, con la suavidad de la caricia de una madre a su hijo recién nacido, el sol va ganando espacio a la luna en una eterna transición que sobrevive a cualquier ser vivo.

Ningún día es igual al anterior, ningún día volverá a ser vivido. A veces los días se pierden entre los dedos, como la arena que tratamos de sujetar en la palma de nuestra mano. Estamos preparados para que sea así, pero sin duda ese día sería diferente.

Era un sábado más, dentro de un ejercicio más, con un profesor más. La vida juega con ventaja y es que a veces nos coloca ante situaciones inesperadas, donde sin importar la experiencia profesional o vital, siempre partimos desde el principio, como el niño que se sitúa ante sus primeros pasos. Llevaba tiempo buscando en mi interior, con demasiadas brújulas que no sabían indicarme el norte, ni siquiera se si estaba andando hacia algún lugar.

Ese momento sería diferente. Pocas veces desde dentro de mi algo se había dibujado con tanta claridad, con tanta fuerza. No recuerdo si mis ojos estaban abiertos o cerrados, mi alma y mi presencia estaban fuera de mi. Tenía frío y todo estaba en silencio. Como si mi alma se elevase de mi cuerpo, ascendí a la parte superior de una montaña, de una montaña que terminaba en un precipicio. Yo era un privilegiado espectador de aquel escenario. El aire movía la vegetación a su antojo y un poco más adelante vislumbré un ataúd. No sentí nada, y poco a poco me fui acercando al mismo fruto de la curiosidad. Me acerqué lo suficiente como para ver el interior, y aunque no fue una sorpresa, allí estaba yo. Me quedé mirándome desde fuera, como si me mirase frente al espejo. Yacía inmóvil, inexpresivo, sereno. Solo me sentí triste. Pero no triste por estar ahí, me sentía triste por no darme espacio a sentir acerca de mi

propio cuerpo. El tiempo paró, solo estaba conmigo y frente a mi, pero sin estar en mi cuerpo. Continue mirando, y poco a poco, desde mi cuerpo inerte, otra parte de mi ser comenzó a ponerse en pie. Desde fuera miraba la escena con calma, tristeza y curiosidad. Nunca antes había podido imaginar esta escena, y mucho menos vivirla con tanta nitidez, con laclaridad deltecladoconelqueescriboestasfrases.Teníaenfrentedemidosseres,uno inerte dentro de un ataúd y otro de pie, saliendo del mismo y los dos era yo. Ambos cuerpos estaban sujetos por unas cadenas en sus manos. La parte que estaba de pie se acercó al borde del precipicio, y al mirar, pudo ver como todo una inmensa explanada se presentaba ante el, llena de círculos en forma de dianas como objetivos dónde caer. Detrás de ese cuerpo erguido había unas alas plegadas.

Y llegó la noche. Toda la imagen se desvaneció y a mi mente, siempre racional, lejana a las imágenes, las visualizaciones o este tipo de experiencias, vino el sentimiento de que quería saltar, pero al mismo tiempo el sentimiento del miedo, del miedo que me atrapa a lo conocido, del miedo que me dice, estás bien como estás, del miedo que me dice tienes que aguantar, del miedo sobre lo que pensarán los demás, del miedo al dinero o a su falta. Por otro lado sentía la adrenalina por saltar. Sentía ira conmigo, porqué por primera vez había sentido como el bienestar de los demás, en sus múltiples sentidos, se había situado por encima de mi bienestar, haciendo que mi espacio se quedase limitado, casi inexistente, un espacio pequeño similar al que tenía en ese ataúd. Un espacio del que no quería salir, pero en el que al mismo tiempo me abrasaba. Durante dos días esa imagen me estuvo viniendo una y otra vez a mi cabeza, con emociones y sentimientos por lo que no estaba acostumbrado a pasar, pero que esta vez sabía que tenía y que quería vivir, sentir y aceptar. Las emociones habían tomado prestado mi cuerpo, y mi pecho se sentía especialmente presionado, como si una losa estuviese sobre el. En estas horas, memorias y situaciones olvidadas en el lejano pasado de mi mente se hicieron presentes como si acabasen de suceder.

Como un volcán antes de estallar, sentía que tenía que estar ahí, en ese espacio de ebullición interior. Tras dos días negros, fue una liberación el sentir que quería dar la mano a ese otro yo, al cuerpo que estaba dentro de ese ataúd. Había algunas cosas, tras ese vendaval de emociones, que quería recuperar de ese cuerpo sin vida, por que seguían siendo parte de mi y las quería a mi lado. Necesitaba que estuviesen conmigo en ese salto que estaba a punto de dar.

En esa recreación del momento en la montaña, y desde una nueva perspectiva, sentí como mis alas se desplegaban al borde de ese precipicio con la seguridad de que aguantarían abiertas al caer. Un escalofrío recorrió mi piel de arriba a abajo.

Desde el inicio de mi carrera siempre he estado vinculado a distintas multinacionales, los últimos diez como director financiero del mercado ibérico de una empresa europea de neumáticos. Es estos años he contado con el reconocimiento y gratitud de los que me han acompañado en este camino, sin importar del lado en el que se situasen. Un camino que como el de la vida misma, ha estado lleno de subidas y bajadas.

Decidí parar, detenerme y escucharme y fui consciente de que aquello que me llega desde dentro de mi, no me hace bien. Durante mucho tiempo decidí guardarlo y escondérmelo pensando que lo podría sobrellevar, pero se que a mi no podía engañarme por mucho más.

El concepto de seguridad se ha transformado dentro de mi. En el pasado, la seguridad de una nómina me hizo parar y acallar mis voces interiores en muchas ocasiones. Miro al futuro, y desde allí quiero sentir que al mirar atrás tengo la seguridad de haberlo intentado, de haberme dado la oportunidad a ser yo, a buscar mi camino y no el que otros creen que es el mejor para mi.

Quiero disfrutar del camino que comienza, sobrepasando las dificultades que hoy ni siquiera puedo imaginar. No quiero dejar que el miedo me paralice, y dejarle un hueco a mi lado para que me impulse. No me avergonzaré si finalmente no llegó allí donde mi cabeza y mi corazón tienen pensado, pero si que lo haré si ni siquiera lo intento. Quiero reconocerme al mirarme en el espejo de mi alma, y no conocer solo aquel que los demás quieren ver.

Tengo todo lo que necesito para volar.

Mi salto ha comenzado.

 Miguel Amor

Financial Director Spain and Portugal at Mitas Tyres, SLU

Coach Ejecutivo-Organizativo Profesional

 

 

 

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