No hay que vivir para trabajar sino trabajar para vivir

Por: M. Escudero

 

NO HAY QUE VIVIR PARA TRABAJAR SINO TRABAJAR PARA VIVIR

 

Curiosamente, esta es una creencia de la cual me siento orgullosa cada vez que consigo llevarla a cabo, aunque bien es cierto que rara vez lo consigo. La realidad es que tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no dejarme llevar por el día a día y caer en que realmente, aunque no quiera, la vida me lleva a lo contrario: vivir para trabajar.

 

En la actualidad, debido a las crisis económicas que nuestro país va sufriendo, dedicamos la mayor parte del día al trabajo. Los problemas para alcanzar los resultados o incluso para que la empresa dé beneficios, han traído consigo que las empresas hayan tenido que tomar decisiones drásticas, como el despido de personal, para poder reducir costes. Esto ha implicado que el volumen de trabajo para los empleados se haya incrementado enormemente llegando en algunos casos incluso a duplicarse.

 

Mantener un ritmo de trabajo estresante sumado a un número de horas elevado, a un ambiente tenso y a unos objetivos inalcanzables, es realmente insostenible cuando se prolonga en el tiempo durante años y años. Por supuesto, esta tensión no solo se queda en el trabajo, sino que se viene con nosotros repercutiendo en nuestras relaciones e incluso en nuestra salud.

 

Si a esto le añadimos que somos personas responsables y queremos que el trabajo esté bien hecho, esta situación se complica aún más. Sabemos que dedicar 9 y 10 horas al día a lo que nos da de comer no es sano, sin embargo hay tarea que sacar adelante y la presión de las circunstancias hace que nos veamos en la obligación de asumir la responsabilidad al 100%.

 

La sociedad está enfermando de tal forma que los ansiolíticos y antidepresivos son el desayuno de muchos trabajadores hoy en día, y las bajas laborales han aumentado de forma espectacular en los últimos años por este tipo de patología. Miro a mi alrededor y veo desbordamiento, agotamiento, gente desgastada sin energía vital, sobrepasada, porque se está haciendo un sobreesfuerzo mantenido durante demasiado tiempo.

 

Todo esto provoca que busquemos, en los escasos ratos libres que nos quedan, tiempo para la desconexión, para el disfrute, para el relax, como una verdadera e imperiosa necesidad vital. Necesitamos compensar esa tensión mantenida y buscamos la alegría en compañía de los amigos, el deporte fugaz, el descanso, o la paz en clases de yoga, meditación, mindfullness y tantas y tantas prácticas, cursos y demás que están a la orden del día por el estilo de vida que llevamos.

 

Al final, nos hemos enredado en una rueda, en un círculo vicioso, porque a lo que estamos dedicando nuestro tiempo libre viene impuesto por las necesidades para compensar el estrés y cantidad de horas que dedicamos a nuestro trabajo: tengo que hacer ejercicio porque llevo 10 horas sin moverme sentado en una silla o tengo que hacer meditación porque necesito que mi mente pare unas horas, está saturada…

 

La situación no tiene fácil solución ya que a todo esto hay que añadir el miedo de la población debido al elevado paro que existe en el país, por lo que nos aferramos a nuestra silla ya que el pensamiento que prevalece es el de: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”.

 

Creer que “no hay que vivir para trabajar sino trabajar para vivir” hace que cada vez que paso demasiadas horas en el trabajo, entre en una total incongruencia con mis valores. Sin embargo, a medida que desarrollo esta idea, me viene también la creencia muy profunda y arraigada, la creencia que de verdad está instaurada en mí y por la que racionalmente mi mente se estaba rebelando tratando de instaurar la contraria anteriormente expuesta, de que no hay más remedio que “vivir para trabajar”, porque como siempre nos han dicho: es nuestro deber, y no hay más opción, aunque no nos guste.

 

Llegados a este punto, tengo la certeza de que hay otra forma de mirar estas dos creencias. Por un lado creo que uno puede vivir para trabajar o dedicarle horas sin sufrir, cuando tu trabajo es tu pasión. Desgraciadamente, no es lo habitual en nuestra sociedad porque ahora cuando decidimos nuestra carrera, o es vocacional o elegimos lo que tiene más salida profesional, lo que está de moda, o lo que estudian los amigos,… Sin embargo, si nos remontamos a la antigüedad, cada cual trabajaba en lo que sabía hacer, en su oficio, hoy en día ni siquiera conocemos nuestras virtudes, nuestros dones. No nos hemos parado a pensar qué nos gusta realmente, qué se nos da bien hacer, en qué destaco que podría desarrollar y que podría aprender mejor aún. Nos dejamos llevar por las tradiciones familiares, por las modas, vamos arrastrados por inercias. Creo que si reflexionáramos y dedicáramos un tiempo a pensar en nuestro futuro antes de lanzarnos a la decisión de nuestros estudios universitarios podríamos acercarnos a disfrutar y amar nuestro trabajo a pesar de las horas dedicadas.

 

Por otro lado, creo que trabajar para vivir también es totalmente lícito y muy saludable. Contemplar el trabajo como un mero intercambio de horas y experiencia a cambio de un salario económico y gratificación por un aporte a la sociedad. Un intercambio de recursos entre una empresa y un individuo por unas horas de dedicación pactadas y un esfuerzo personal a cambio de una satisfacción por el trabajo bien hecho y la plenitud del deber cumplido, a cambio de un ingreso económico que va a permitir que el resto de días/horas de “no trabajo” podamos disfrutarlo en aquello que hayamos decidido.

 MIRYAM ESCUDERO

Coach Ejecutivo-Organizativo Profesional

 

 

 

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