Excelencia Técnica

Por: Raquél García León

 

Excelencia Técnica

 

¿En qué consiste?

 

A cualquiera que le cuente que trabajo en un entorno en el que la excelencia técnica es el denominador común de mis compañeros diría “eres una persona con suerte”. Y es que eso mismo pensaba yo misma hasta me ocurrió.

La consultoría es un mundo de personas. La suma de creatividad, habilidades sociales y conocimientos teóricos son el elemento clave que definen a un buen consultor. Sin querer hacer resalte de mi ser (desde la profundidad del término), mi “estoy siendo” en ese momento me permitía enfrentarme al nuevo reto de incorporarme a una empresa de estas características.

Desde mi punto de vista, la oportunidad la podía encontrar en el aumento de conocimientos, superar retos mayores a los que podía conocer, rodearme de gente excelente y, por qué no, convertirme yo en una de ellos.

 

Poco tiempo me bastó para descubrir que lo que yo creía que era una oportunidad se convertiría en mi mayor limitación. Mirase donde mirase, todo fluía, como no podía ser de otra manera en un entorno tan competitivo y exigente, con éxito y como por arte de magia. La percepción que yo tenía de la calidad de mis trabajos, incluso de mis palabras en las conversaciones de café, era que se quedaban a medio camino. El margen de mejora para mí era muy grande. Y cuando digo muy grande quiero decir abismal.

En función de las exigencias motivacionales de cada uno, este elemento puede ser el azúcar del café o el detonante de la desidia, de la ansiedad y del estrés.

Huyendo de ser generalista, quiero contaros mi experiencia vital. Puse mucho de mí, me esforcé enormemente para descubrir que nunca, y remarco el nunca, estaría a la altura de la situación.

La parálisis generalizada no tardó en llegar. No podía iniciar ningún trabajo porque tenía la creencia de que nunca estaría a la altura. Muchos días me quedé en casa, aprovechando la jornada flexible y el teletrabajo, para esconderme del resto y pasar desapercibida. Quería ser invisible y no mostrar mi inferioridad ante mi entorno. Yo nunca podría estar a la altura.

Llegó el día en que convoqué a mi jefe para explicarle mi consciencia sobre la situación y exponerle que entendía que hubiera podido defraudarles, sabía que no podría estar a la altura. La sorpresa en su rostro y sus palabras impactaron en mi cabeza y comenzaron a movilizar mi actitud hacia el cambio: yo estaba dando lo que se esperaba de mí, ni más ni menos.

 

Tras aquella conversación, unas vacaciones y algunas sesiones de coaching me ayudaron a tomar perspectiva y a llegar a la conclusión de que cada uno de nosotros estamos a la altura de nuestra altura (válgame la redundancia, por favor): ponerse metas excesivamente altas pueden producir un efecto paralizante y devastador.

¿Cómo acaba esta historia?

Tras un ejercicio de autonocimiento he sido capaz de detectar mis puntos fuertes y los de mejora. He trabajado en resaltar los primeros y, día a día, trabajo en mejorar los segundos.

El entorno laboral en que me tengo la suerte de trabajar sigue siendo excelente. Lo que ha cambiado es mi forma de enfrentarme a la situación.

 Raquel García León

Consultora experta en Transformación de procesos y personas

Coach Ejecutivo-Organizativo Profesional

 

 

 

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