Historia del Impermeable 33.404

Por: Fernando Arnal

HISTORIA DEL IMPERMEABLE 33.404

Este texto debería llevar como subtítulo el de ‘Josep Pla y el feedback’, pero resultaría una

adición de conceptos tan antagónicos que cualquier lector crítico me podría acusar

(inteligentemente) de arrimar a mi ascua -esto del management de personas- de forma

irrespetuosa una figura merecedora de más respeto. Así pues, vamos al contenido del texto

dejándolo huérfano de subtítulo…

Todos estamos expuestos a recibir de forma imprevista una crítica a algo que hayamos

hecho o a algún aspecto de nuestra forma de ser, pensar o sentir. Incluso podemos recibir

una crítica sólo por ser: por ser algo en el aspecto racial, religioso, intelectual o similar que

disguste a quien efectúa la crítica.

La primera sensación  que tenemos frente a una crítica no prevista, con independencia de lo

grave que nos parezca su contenido concreto, es la de desagrado, de molestia, ya que no

hemos elegido el momento para vivirla ni hemos preparado las herramientas de anticipación

con las que nuestra mente habría deseado controlar la situación.

Esa sensación de desagrado anticipa una o varias emociones encadenadas, que

probablemente van a moverse en un espectro que se extiende desde la vergüenza hasta la

frustración pasando por el enfado o la ira.

Podemos sentir vergüenza si descubrimos en la crítica que nos hacen algún contenido que

percibimos como fundamentado, o elementos que inciden en aspectos de nuestro

comportamiento ( u obra o proyecto…) con los que nosotros mismos estamos inseguros de

haber acertado. Vernos desnudados de la coraza externa que protegía esa inseguridad nos

genera la vergüenza súbita, inmediata a la crítica que la ha provocado.

Esta sensación inicial de vergüenza, que nos incomoda y nos irrita (aunque sea con

nosotros mismos) es el caldo de cultivo idóneo para que nazcan otras emociones

concatenadas a esta, en lo que Goleman describe como ‘escalada del enfado’…

El enfado y la ira son emociones derivadas de una necesidad de autoprotección que todo

ser consciente tiene: frente a la agresión (o la sensación de tal) nos dotamos de fuerza para

prepararnos de cara al enfrentamiento que va a venir. La descarga hormonal que provoca el

cerebro nos prepara para ello. Nada mejor para reforzarnos interiormente que identificar sin

el menor grado de duda al atacante, posicionarlo en ese papel, negarle legitimidad para

arrebatarme lo que él pretende con su ataque y colocarme a mí como el sujeto inocente que

ha sido agredido sin causa en esa situación.

¿Qué hacemos con este enfado? Asegurar nuestra posición y lanzar desde ella nuestro

ataque. Podemos dirigirla hacia el otro, y surgirá la venganza, o podemos hacerlo contra

nosotros mismos -culpabilizándonos de lo sucedido- generando frustración, ansiedad…

El mismo Goleman recoge varias de las alternativas de enfrentamiento al enfado, desde el

alejamiento del foco del enfado (ya sea una persona o una situación), la búsqueda de una

distracción, la liberación incontrolada de nuestra respuesta (dejarse llevar por el enfado,

‘liberarse’ de la tensión, una teoría hoy totalmente cuestionada), o el acercamiento cognitivo

a la causa del enfado. De esta última describe Goleman su eficacia cuando el grado de

‘agresión’ es ligero, y no porque el método sea sólo válido a ese nivel sino porque se

reconoce que más allá es difícil ponerlo en práctica… la emoción estará nublando nuestro

capacidad de reflexión.

Una herramienta liberadora de la tensión que genera el enfado es la ironía. Al ser una

herramienta basada en el conocimiento y la inteligencia tiene ese límite del que nos advierte

Goleman: no intentemos ampáranos en ella como única estrategia cuando el nivel de

enfado sea elevado.

Nos encontramos un ejemplo claro de todo lo que llevamos descrito en un pasaje literario

que nos proporciona un hombre inteligente y notablemente dotado para el uso del lenguaje.

Acudimos a “El cuaderno gris” de Josep Pla, un dietario que el escritor publicó en 1966

tomando como base su diario escrito en los años 1918 y 1919.

Para ponernos en antecedentes, tenemos a un joven Pla que se encuentra en los últimos

años de sus estudios universitarios en Barcelona, extenuando los últimos ‘duros’ que el

arruinado patrimonio familiar podía dedicar a dar estudios a los dos hijos varones. El joven

universitario desea una carrera literaria y cursa los estudios exclusivamente por el

compromiso como buen hijo, pero sintiendo que la falta de éxito literario le abocará a un

futuro profesional que le ‘da frío’. Como todo dietario, las vivencias, opiniones y congojas del

escritor están acotados por días. En uno de ellos nos encontramos el pasaje al que nos

referimos.

“4 de febrero [1919]

Joan Climent, que conocí en la Universidad -iba dos o tres cursos más avanzado- y que

encuentro ahora en la biblioteca del Ateneo, preparándose para las oposiciones de la

carrera consular, me devuelve los papeles de la “Historia del impermeable núm 33.404”. Me

dice que el escrito no le parece adecuado para el “D’ací iD’allà” [*]. Bien. De entrada, me

sonrojo. Este fue un papel elaborado por mí dos años atrás con gran premiosidad y que, de

hecho, había ya olvidado. Pero, lo cierto es que, de entrada, me he puesto colorado. In

mente me pongo como obligación no ponerme nunca más aunque se hunda la tierra.

Después reacciono y me reprendo. Veo que el juicio de Climent no contiene ninguna

injusticia. Es un juicio correcto. Siento la cantidad de horas perdidas escribiéndolo y no

haber podido disponer antes de un buen consejo. Pero tener un buen consejo ¡es tan difícil!

Si hubiese tenido la suerte de recibirlo, quizá, sin embargo, no lo hubiera aceptado por

orgullo, vanidad, pedantería, etc.

Realmente, escribir la historia de un impermeable es absurdo. Es clarísimo. No es difícil

verlo. ¿Qué interés puede tener una historia semejante?. Joan Climent tiene más años que

yo. Es un hombre de una gran cultura, de una bondad inagotable, de un gusto muy seguro.

¿Quién no le haría hablar llegado el momento?.

Yendo hacia casa, Paseo de Gracia arriba, me vuelve a ganar la depresión. Con la cabeza

baja, caminando, pienso que no llegaré a escribir nunca más y que tendré que dedicarme a

la carrera. Ante mi espíritu pasa el grupo anodino, inexistente, de mis compañeros de curso.

Es un grupo de chicos simpáticos, amables, inteligentes, que no tienen ninguna fibra. La

inmensa mayoría no llegarán a nada. Tendré que dedicarme a la carrera… Cuando pienso

en ello tengo una sensación de ser tan poca cosa, que me da frío. ”

A lo largo de El Cuaderno Gris encontramos a un Pla que está seguro de tener aptitudes

para la literatura pero que duda de su capacidad para encontrar el estilo adecuado con el

que plasmarlo y triunfar; imposible saber qué hay en el Cuaderno publicado que responda

exactamente a lo escrito en 1919 y qué hay de reinterpretado en 1966 por un Pla maduro y

en el dominio de su propio estilo. En cualquier caso, nos encontramos en este pasaje a un

joven seguro de sus fortalezas íntimas y acuciado por la duda de su capacidad para

demostrarlas. En esa duda se agarra el desánimo que le produce la certeza de la crítica:

pero son una duda y un desánimo que ya habitaban en él y que la crítica se limita a

remover.

Lo que es admirable del pasaje es la inteligencia con la que Pla despacha el contenido

formal de esa crítica, inesperada, desagradable, que le da su amigo, el tal Joan Climent

(más bien, conocido, tal como otras decenas de personajes que aparecen en el Cuaderno

Gris). Pla nos da una lección de cómo recibir este feedback inesperado: se queda con lo

que de acierto hay en ella (lo que él mismo ya conocía) y despacha cualquier conato de

enfado hacia su amigo con una ironía inteligente, socarrona, probablemente propia del

noreste ibérico. “Claro, hacer literatura con la historia de un impermeable, de las gentes que

lo van poseyendo, de las historias que les ocurren… no es posible! Ya… claro…”.

Esa forma inteligente de afrontamiento previene el enfrentamiento, permite la convivencia

de ambas formas de pensar y hace desaparecer desde el inicio el enfado. Viene a ser ese

“Gracias!” con el que se nos enseña en los cursos a recibir el feedback: tu crítica es un

regalo que me haces, y yo decido libre de prejuicios con qué parte me quedo.

Tal vez ahora, visto el contexto, lo del subtítulo no andaba tan desencaminado… Y eso que

Pla seguro que no sabía qué es eso del feedback, ni había ido a ningún curso empresarial

sobre ‘dar y recibir feedback’… pero la inteligencia siempre ha sido efectiva para afrontar la

vida.

(*) Revista literaria publicada en catalán a partir de 1918 y hasta la Guerra Civil.


  Fernando Arnal
  Director de RRHH en grandes empresas

 

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